*Cristina Romero, Directora de Ventas para México y MCLA en SonicWall
Cada año, cuando se acerca el 8 de marzo, la conversación pública gira en torno al liderazgo femenino, las oportunidades de desarrollo profesional y la participación de las mujeres en posiciones de decisión. Son discusiones necesarias en muchos sectores, sin embargo, en la industria de la ciberseguridad creo que debemos hacernos una pregunta más incómoda: si realmente estamos construyendo un entorno inclusivo o si solo estamos reaccionando a una escasez de talento intentando equilibrar cifras.
El más reciente Cybersecurity Workforce Study de (ISC)² señala que el déficit global de talento supera los cuatro millones de profesionales. Esa cifra no es solo un dato, es una alerta. Y cuando la contrastamos con que las mujeres representan apenas el 24% de la fuerza laboral del sector a nivel mundial, la conversación deja de ser exclusivamente técnica y se vuelve estructural.
En América Latina lo vemos con claridad, el talento es escaso, la demanda es creciente y la competencia por perfiles especializados es intensa. Pero reducir el debate a “necesitamos más ingenieros” es simplificar un problema mucho más profundo. Durante años asumimos que la ciberseguridad era, ante todo, un territorio de certificaciones, arquitecturas y conocimiento especializado. Todo eso sigue siendo fundamental, pero hoy resulta evidente que no es suficiente.
La ciberseguridad moderna exige algo más que capacidad técnica, exige criterio para priorizar riesgos, liderazgo para coordinar equipos bajo presión, comunicación para traducir amenazas complejas al lenguaje del negocio, innovación y sensibilidad para entender que detrás de cada incidente hay impacto humano, reputacional y financiero. En mi experiencia, estas habilidades son las que realmente marcan la diferencia cuando una organización enfrenta una crisis.
Y aquí es donde la inclusión deja de ser un tema simbólico y se convierte en una ventaja estratégica. Las habilidades no tienen género, pero las perspectivas sí están moldeadas por trayectorias distintas, por experiencias diversas y por formas diferentes de aproximarse a los problemas, cuando esas miradas se integran, el análisis se vuelve más robusto y las decisiones más sólidas.
La brecha, sin embargo, no empieza en el momento de la contratación. Según la UNESCO, las mujeres representan alrededor del 35% de la matrícula global en carreras STEM, y su presencia disminuye en disciplinas vinculadas con tecnologías de la información e ingeniería. Es decir, el desafío comienza mucho antes de que una vacante se publique. En nuestra región, además, persisten barreras como el acceso desigual a educación tecnológica y la falta de referentes visibles y modelos a seguir, lo que limita la construcción de una base de talento diversa desde etapas tempranas.
Por eso creo que hablar de inclusión en ciberseguridad implica algo más ambicioso que aumentar porcentajes. Significa revisar cómo definimos el talento, qué trayectorias valoramos y qué tipo de liderazgo promovemos. También supone abrir espacio a perfiles provenientes de derecho, comunicación, análisis de datos o gestión de riesgos, disciplinas que hoy son indispensables para enfrentar amenazas cada vez más sofisticadas. Implica además acompañar el desarrollo profesional con mentoría real, generar espacios de crecimiento y empoderamiento para el talento femenino y medir avances con indicadores concretos, porque la intención sin seguimiento rara vez produce cambios sostenibles.
Si aspiramos a que América Latina fortalezca su resiliencia digital, necesitamos una industria capaz de anticipar riesgos desde múltiples ángulos, cuestionar supuestos y adaptarse con agilidad. Eso no se logra con equipos homogéneos ni con soluciones pensadas desde una sola perspectiva.
La ciberseguridad protege infraestructuras críticas, economías y la confianza de millones de personas. Pero para proteger hacia afuera, primero debemos fortalecer hacia adentro. La inclusión no es una concesión ni una tendencia del momento; en mi opinión, es una condición necesaria para que el sector esté a la altura de los desafíos que enfrenta.
El verdadero reto no es solo cerrar la brecha de talento, sino asegurarnos de que, cuando la cerremos, la industria que construyamos sea más diversa, más colaborativa y, en consecuencia, más fuerte. Las mujeres también aportamos perspectivas que complementan a las organizaciones, especialmente en temas de innovación y liderazgo, y podemos ocupar roles relevantes dentro de este sector. El empoderamiento y la seguridad con la que una se sienta a la mesa importan, pero también contar con referentes y entornos que impulsen ese crecimiento. Al final, el mensaje es claro: proponerse avanzar, creer en la propia capacidad y encontrar modelos a seguir sigue siendo parte fundamental del camino para que más mujeres encuentren su lugar en la ciberseguridad.

*Cristina Romero, Directora de Ventas para México y MCLA en SonicWall



